viernes, 11 de septiembre de 2009

Jales de altura para el ciclon

super refuersos aurichistas

Juan Aurich presentó a sus refuerzos para la liguillaAdemás de Miguel Cevasco, quien ya debutó, posaron con la camiseta del 'Ciclón' Gary Correa, JoEl puntero se sigue reforzando. Juan Aurich de Chiclayo presentó hoy a los últimos cuatro refuerzos que ha tenido su plantel. Además de Miguel Cevasco, quien incluso ya jugó en el campeonato por el cuadro norteño, estuvieron presentes el delantero colombiano José Moreno, el volante Gary Correa y el lateral derecho Roberto Guizasola.
De los cuatro, Correa y Moreno fueron los que entrenaron por primera vez con el “Ciclón”. El ex “jotita” firmó por las próximas dos temporadas, mientras que Moreno lo hizo por un año.

lunes, 24 de agosto de 2009

Desenterrando al CHE.(Revista gatopardo)





Cuarenta años han pasado desde la muerte de Ernesto Che Guevara en Bolivia y, todavía hoy, hay varios cabos sueltos sobre las circunstancias de su final. Un reportero brasilero se puso en la tarea de descubrir qué pasó después del 9 de octubre de 1967: viajó por medio mundo y se entrevistó con varios de los implicados. Al final quedó esta fascinante crónica sobre estos hombres que quedaron atrapados en el mito que ayudaron a crear.

En 2004, yo y la documentalista colombiana Adriana Mariño empezamos a investigar la leyenda del Che. Lo en­con­tramos santo en Bolivia, héroe en Cuba, villano en Estados Unidos, tema de una ópera en Líbano o admirado por neonazis en Alemania.Al mismo tiempo que nos topábamos con esas interpretaciones personales del Che, prueba de su importancia histórica, me sentía cada vez más atraído por las pequeñas historias que rodearon su muerte. Uno de los mitos más grandes del siglo xx tuvo probablemente una de las muertes más raras.¿Qué decir de sus manos, que siguie­ron caminando por el mundo como si estuvieran animadas por la inquietud del dueño? ¿Y del cadáver que seguía con los ojos a la enfermera que lo limpió y lo puso tranquilo y aseado en un pijama? ¿O de la supuesta maldición del Che, un rastro de sangre que tocó al menos a siete personas involucradas en la ejecución del argentino?De todas esas historias, la más interesante para mí es, de lejos, la del sargento Mario Terán Salazar, que el día nueve de octubre de 1967 ejecutó al guerrillero. Él es de los pocos que puede aclarar quién ordenó, en última instancia, la muerte de Guevara, uno de los temas que obsesionan a sus biógrafos. Pero también, Terán es el ejemplo perfecto del hombre común y corriente que se queda atrapado sin saber cómo en las redes de la historia grande, como los otros hombres involucrados en la ejecución.Y es de esos hombres de lo que se trata esta historia.El 8 de octubre de 1967, el ejército boliviano había por fin logrado acorralar al grupo guerrillero. Un campesino de la región, Honorato Rojas, los había denunciado. Un destacamento entró disparando al refugio guerrillero, mientras otro se quedó en la salida superior, esperando a que escaparan.Fue un rudo enfrentamiento. Casi todos los guerrilleros murieron y muchos soldados también. Cuando el Che empezó a escalar un paredón para escapar, junto al guerrillero boliviano Simón Cuba, tenía únicamente una mochila, un fusil con una bala y una pistola cargada. Tan pronto despuntaron las cabezas de los dos guerrilleros, un grupo de soldados les ordenó parar. El Che jadeaba por el asma. Decidió no usar el arma y se rindió como un soldado regular, identificándose y añadiendo, según dicen muchos (aunque no sea posible corroborarlo) que “valía más vivo que muerto”.Guevara caminó algunos kilómetros bajo guardia hasta el pueblito cercano de La Higuera y allí fue encarcelado en una escuela de paredes de adobe. Por la noche, una docena militares se entrevistaron con él buscando información. Hicieron incluso planes de cambiarlo por tractores y aviones con los americanos. Pero por la mañana llegaron las órdenes y no habría más discusión: el Che valía más muerto que vivo.Fue así como el sargento Mario Terán Salazar se transformó en el verdugo del Che Guevara.Nada de disparos en la frente: debería dar la impresión de que había muerto en combate, y era importante dejar intacto el rostro. Como no tenía un arma automática, Terán tomó prestado el fusil de repetición M–2 de uno de los suboficiales.Aunque Guevara no fuese especialmente alto —tenía un poco más de metro setenta— su aspecto insolente, el ceño fruncido y el vigor al ponerse de pie cuando Terán entró a la pequeña escuela asustaron al sargento. Terán dudó, regresó pasados algunos momentos (o algunas cervezas, dicen unos), engatilló el arma y disparó una corta ráfaga. Ocho tiros. Tres traspasan los pulmones de Guevara. Tras chocar contra la pared, el Che se derrumbó en el piso. Tardó en morirse. Entonces entró un militar y tomó algunas fotos de su agonía. En la primera, los estertores parecen todavía sacudirle el cuerpo. En la segunda, tiene los ojos revirados, y la sangre le escurre de la boca. Minutos más tarde, otros soldados posaron al lado del cuerpo, como cazadores con su presa.El agente de la cia Félix Rodríguez había llegado al lugar por la mañana. Ya había interrogado al Che y, en aquel momento, fotografiaba el dia­rio de campaña del argentino. Cuando escuchó los disparos, apuntó en su propio diario: “una con diez de la tarde: hora de la muerte de Guevara”.El cadáver fue puesto en una camilla y atado a los patines del helicóptero que lo llevaría a Vallegrande, donde se encontraba el centro de comando militar. Fue cuando el capitán Gary Prado, comandante de la operación, se acercó y miró el rostro de Guevara: tenía la mandíbula abierta. Sacó entonces el pañuelo que traía al cuello y amarró firmemente la quijada del Che a su cráneo. El gesto parecía, en ese momento, insignificante.El Che, a esa altura, tenía los ojos cerrados. Sin embargo, durante los veinte minutos que duró el vuelo, el viento se encargó de abrirlos. Cuando tocó la pista de aterrizaje de Vallegrande, tenía los ojos más grandes que nunca en la vida.Una turba de gente esperaba su llegada en la pista de aterrizaje de la ciudad. Los soldados lo desamarraron del helicóptero y lo pusieron en una camioneta que lo llevó deprisa al Hospital Nuestro Señor de Malta. Allí dejaron la camilla, detrás de los dos fregaderos de cemento de la lavandería, que quedaba en un descampado atrás del edificio principal.Era difícil reconocer en aquel hombre harapiento al Guevara regordete y cachetón que se había visto públicamente por última vez en 1965. Durante su ausencia, no habían faltado las falsas alarmas de personas que supuestamente lo habían visto, captura-do o matado. Había que probar que era realmen­­­te él.El director del hospital, Moisés Abra­ham Baptista, y el médico en jefe, José Martínez Casso, fueron informados por los militares sobre el problema y procedieron según requerían las circunstancias. Llamaron a tres enfermeros para dejar presentable al Che. Susana Ocinaga, la única que hoy todavía vive, recuerda el susto al entrar a la lavandería. El rigor mortis había conservado abiertos los ojos y la mandíbula cerrada en la posición en la que el capitán Gary Prado la había puesto.Susana lo desnudó, se rió de los tres pares de calcetines que llevaba puestos y amontonó la ropa en un rincón. En seguida, lo lavó con una manguera y jabón, volteándolo de un lado a otro y quitándole parte de la tierra y de la sangre seca. Le pareció extraño tener que lavar a uno de los guerrilleros. No lo hizo con ninguno de los otros. Y también tuvo la impresión incómoda de que aquél la seguía con los ojos. “Él me seguía —cuenta—. Me seguía con la mirada. Unos ojos grandes, vivos. Yo iba para un lado y me miraban, iba para el otro lado y me miraban”.Después, le rasuraron los cachetes, le peinaron el cabello hacia atrás y lo enfundaron en un pijama limpio. Había un contraste notable entre ese hombre recién sa­lido del baño, peinado, con cara de siesta, y dos de sus compañeros de lucha, a-mon­tonados en el piso a los pies de los fregaderos de la lavandería, inmundos y con expresión de fieras vencidas.El teniente coronel Andrés Selich, jefe de un regimiento de ingeniería que brindaba apoyo a las operaciones, entró poco después para ver la escena. Miró a los dos guerrilleros arrejuntados en el piso, pudriéndose; luego al Che, con su aire casi burgués. Y decidió que la prueba mayor del triunfo de la (poco triunfal) historia militar boliviana no podría salir en la prensa vistiendo pijama. Entonces le pusieron de nuevo sus ropas ensangrentadas y, según Susana, se le añadió una chamarra militar que no era suya para ponerlo más parecido a un guerrillero.Más de un millar de personas visitó la lavandería en aquel 10 de octubre. Había de todo un poco: indias con sus hijos en el regazo, amas de casa, campesinos con sombreros de fieltro, señores en traje y corbata. El cordón de seguridad alrededor de los fregaderos no dejaba ver al cadáver desde lejos. Pasados los guardias, ya se encontraba uno muy cerca del Che, a no más de medio metro. Una luz tibia de sol bajo bañaba al cadáver y a las paredes pintadas de azul pálido. Primero se le veían los pies muy finos, después el tronco acribillado y, entonces, la melena castaña. Pero era en verdad la mirada, la misma mirada que había impresionado a Susana, el centro de las atenciones. La mirada y los labios, que parecían haber sido detenidos en medio a alguna idea.El mejor de los fotógrafos allí, Freddy Alborta, hizo una serie impresionante. La composición hace pensar en La lección de anatomía del doctor Tulp de Rembrandt, aunque con expresiones menos solemnes. La mayoría de los militares en la foto miran fuera de cuadro, como si estuvieran concientes de que habían hecho algo que tendría consecuencias. Uno de los hombres levanta la cabeza del Che para que “mire” directamente a la cámara.
La preocupación más inmediata del gobierno boliviano era cómo explicar las circunstancias de la muerte. La primera versión decía que Guevara había muerto “durante una confrontación con las fuerzas regulares”. Apenas se sostuvo por un día, en especial después de que llegaron las noticias de los campesinos que vieron al argentino caminando desde donde se le había apresado hasta La Higuera. Pasaron dos semanas de versiones aún más inverosímiles hasta que el presidente del país, general René Barrientos, anunció públicamente que sí, que él había ordenado la ejecución.La segunda preocupación era qué hacer con el cuerpo. Todos los demás guerrilleros habían sido enterrados en fosas comunes alrededor de la pista de aterrizaje. Pero ¿qué hacer si se cuestionaba la identidad del cadáver?En una tensa junta, el jefe de las Fuerzas Armadas, general Alfredo Ovando Candía, remitió la cuestión vía radio hacia La Paz, desde donde Barrientos seguía la situación. La respuesta no tardó en llegar: “Córtense cabeza y manos. Que se queme lo demás”. Después de ser presionado por dos agentes de la cia presentes, quienes temían las repercusiones del gesto en la prensa, y por los médicos del Hospital Nuestro Señor de Malta, quienes dijeron que una hoguera llevaría horas para reducir a cenizas el cadáver, Ovando logró hacer que Barrientos cediera. “Tráigame las manos”, fue la sucinta respuesta.Martínez Casso y Abraham Baptista siguieron para el hospital a fin de amputar quirúrgicamente las manos. El resto del cuerpo se llevó a la pista de aterrizaje. Lo tiraron, todavía acostado en la camilla, en una fosa a unos treinta metros del cementerio local. Militares y conductor del tractor prometieron enterrar también al secreto. A partir de aquel momento, se adoptó la versión de que el cadáver había sido quemado y sus cenizas esparcidas. El asunto parecía terminado.***El 13 de octubre, apenas cuatro días después de la ejecución, un artefacto explosivo de baja potencia fue detonado por estudiantes universitarios en frente de la embajada boliviana en Ciudad de México. El blanco era algo inesperado, pero las explosiones no eran raras en aquel momento. Dos días después, lo mismo pasó en la embajada americana en Caracas. Los próximos años comprobarían que Guevara seguía teniendo una relación íntima con la pólvora. Mario Terán Salazar, el ejecutor material del Che, probablemente nunca leyó la noticia sobre las bombas. Si la leyó, es poco probable que haya hecho el vínculo entre el incidente y él mismo. A esa altura, se encontraba rodeado de gloria: había matado al Che.Pero el viento empezó a cambiar de dirección con el flirteo entre una periodista francesa y un bello paracaidista cochabambino de metro y ochenta que trabajaba en el palacio presidencial, en La Paz, y tenía aceso a Barrientos y a mucha información confidencial. Michelle Ray sabía que alguien había ejecutado a Guevara, que ese alguien tenía un rostro y que ese rostro era noticia. Y que Eduardo Torrico era la persona con los atributos correctos —entendidos acá de manera amplia— para encontrarlo. “Fui al cuartel donde Terán se ubicaba y le dije que era del departamento de relaciones públicas del Ejército —cuenta Torrico, hoy un bonachón servidor público de la alcaldía de Santa Cruz—. Había un partido de futbol en curso y le dije que íbamos a hacer un reportaje sobre deporte. Él posó prontamente para la foto”.A juzgar por la luz, era alrededor de mediodía; el sol casi alcanzaba el cenit. Terán tiene los brazos hacia tras, parece un poco tenso al mirar la cámara —algo que no cambiará con el paso de los años—. El quepis ligeramente inclinado hacia la izquierda cubre los ojos con una espesa sombra.Si sacar la foto fue sencillo, todo lo que vino después no. Denunciar la ejecución del Che y quedarse en la Bolivia de Barrientos era como firmar una sentencia de muerte. Torrico y Michelle deciden huir. En el día de la salida, Torrico entró por separado al avión teniendo el rollo de película en una bolsa cercana a él. Michelle casi no embarca. Torrico expli­ca que la rubia de minifaldas inolvidables se había tornado en una de las aman­tes de Barrientos y el dictador luego percibió su ausencia, enviando su guarda personal al aeropuerto. Pero luego de una requisa que deja a la francesa casi desnuda en la pista de despegue del aeropuerto de La Paz, los dos finalmente consiguen dejar el país en asientos separados. En Lima escriben el petardo que va a explotar el 30 de diciembre en las páginas de Paris Match: un artículo donde denuncian que el Che fue ejecutado a sangre fría. Terán es identificado como el verdugo. Tiene la foto más grande del reportaje.A partir de aquel momento, el sargento se volvió amado en Bolivia y odiado por miles de izquierdistas en todo el mundo. Pero el riesgo todavía era teórico.No había razón, por ejemplo, para creer que la muerte de Barrientos, en abril de 1969, era el comienzo de algo más grande. La caída de su helicóptero no sorprendió. Era sabido su gusto por pilotear borracho y, en todo caso, el incidente podría ser un complot del general Alfredo Ovando —tan involucrado como el mismo Barrientos en la muerte del Che— para ganar el poder, como efectivamente sucedería meses después.No. En el calendario mental de Terán, el día en que el miedo dejó de ser teórico fue el 15 de julio de 1969.Ese día militantes del “segundo” Ejército de Liberación Nacional boliviano, integrado por algunos sobrevivientes del “primero” (el del Che), invadieron la casa de Honorato Rojas, el campesino que informó al ejército boliviano sobre la localización del Che, y lo mataron con varios disparos en la cabeza.Honorato Rojas no había hecho nada muy relevante en la vida. Tenía una plantación de papas, algunos hijos, pocos estudios. Después de ayudar al ejército boliviano a encontrar a los guerrilleros en 1967, disfrazado —para evitar que lo matara un francotirador— con un uniforme militar que le quedaba grande, dio algunas entrevistas y, cuando la prensa se encontró otro asunto, regresó a su vida cotidiana.Después de unos meses, empezaron las amenazas. Pidió a los militares que le ayudaran a mudarse a un lugar más seguro. Construyó una casa y siguió plantando las papas que cultivaba cerca de La Higuera, hasta que lo encontraron los vengadores del Che.Poco más de un año después, el 10 de octubre de 1970, el teniente coronel Eduardo Huerta, el superior inmediato de Terán, murió decapitado en un choque con un camión, en la carretera que liga Oruro a La Paz. Sus amigos no tienen dudas de que la cosa fue planeada en detalle.Pasados unos meses, el 1 de abril de 1971, el pecho de Roberto Quintanilla, quien se encargó de las manos de Che y era, a esa altura, cónsul en Hamburgo, estalló con tres tiros. La asesina metió, en el bolsillo de su saco, una pequeña tarjeta que decía: “¡Victoria o muerte!”. Horas después, un telegrama enviado a diversas redacciones de periódicos bolivianos afirmaba que el eln había matado al coronel.En 1973, Andrés Selich, quien había organizado la desaparición del cadáver de Guevara, fue golpeado hasta la muerte en Bolivia por gente del propio gobierno boliviano, que para entonces ya había cambiado de manos tres veces. El mismo año, el general Ovando, jefe de las Fuerzas Armadas bolivianas que cap­turaron al Che, escapó de un accidente automovilístico, su hijo no. En ma­yo de 1976, Joaquín Zen­teno Anaya, je­fe de la división que cazó al Che, fue a­­sesinado en París por una “Brigada Che Guevara” que ja­más volvería a reivindicar atentado alguno. Semanas después, en el mes de junio, le lle-gó el turno a Juan José Torres, ex jefe del Estado Mayor boliviano y ex presidente del país, de ser secuestrado y asesinado en Buenos Aires. En 1982 mientras controlaba una manifes-tación popular en contra del gobierno, el capitán Gary Prado, el coman­dante de la ope­ración de captura recibió un balazo —perdido, según él— que partió su columna y lo condenó a una silla de ruedas. Desde entonces, Terán rehúye a los extraños, en especial, periodistas. Pocos saben por dónde anda y los que saben mienten. En 1997, la “Chemanía” alimentada por el trigésimo aniversa­rio de la muerte de Guevara, por un montón de biografías y, principalmente, por el descubrimiento de sus restos mortales en la pista de aterrizaje de Vallegrande, hizo ver que, a fin de cuentas, el hombre que lo había matado en 1967 seguía vivo. La situación se puso aún más tensa cuando en 2005 Evo Morales conquistó la presidencia y colgó en la pared de su gabinete un retrato del Che hecho con hojas de coca meticulosamente sobrepuestas. Terán había terminado del lado errado de la historia; intenta hacerse invisible.El único que había tenido una conversación con él era Jon Lee Anderson, el biógrafo americano que, en sus cinco años de investigación, parece haber entrevistado hasta al mismo diablo en busca de noticias del Che. Su aparición en las más de 800 páginas suma dos párrafos donde no aporta ninguna información acerca del día que terminó la vida del Che y cambió la suya.El camino recorrido por la orden de matar al Che fastidia hasta a los biógrafos más detallistas. Demuestra, además, cuánto orgullo, vergüenza y miedo envuelve a la muerte del argentino hasta el día de hoy. Muchos, como Terán, intentan distanciarse lo más posible. Pero incluso entre los que hablan y dan su testimonio de la historia, la telaraña de miedos e intereses personales es tan gruesa que termina por estrangular la verdad. Algunos buscan ser promovidos de extras a protagonistas, otros arman un meticuloso rompecabezas donde la gloria de haber capturado al invasor golpista no se mezcla con la molestia de haber colaborado en la ejecución a quemarropa del mito revolucionario.Félix Rodríguez no es exactamente un tipo raro en Miami: exiliado cubano, gruesas cadenas de plata, guayabera made in Indonesia, republicano de hueso colorado. Es difícil ver en este hombre rechoncho y con cara de niño a un soldado de la cia en lucha contra el comunismo y uno de los responsables directos de la muerte del Che.Al entrar a su salón se hace evidente de que realmente estuvo trabajando en muchos lugares. La duda pasa a ser cómo logró mantener la identidad secreta. Incluso para su familia, según dice. En las paredes hay granadas, cuchillos, rifles, pistolas, banderas estadounidenses ensangrentadas, banderas re­beldes salvadoreñas (boca abajo), adhesivos que dicen “Maten a Fidel”, cartas personales de Geo­r­ge Bush padre (enmarcadas), sostenes de guerrilleras, extingui­dores agujereados por las balas, hasta el patín destrozado de un heli­cóptero. Parece que en cada misión —Bahía de Cochinos, Bolivia, Líbano, El Salvador, Vietnam, Nicaragua, además de todas las que no me menciona— Rodríguez coleccionó sou-venires del tiempo en el que ayudaba a Washington a mantener al comunismo lejos de su territorio.Contactado por la cia en 1967, llegó pocas semanas después a Bolivia y extrajo de guerrilleros capturados informaciones decisivas para encontrar al Che. Y horas después de la captura, ambos estaban frente a frente, como demuestra una foto cerca de las botellas de whisky.Rodríguez insiste en que fue él quien dio la orden de matar al Che. Sin embargo, no hay ni de lejos acuerdo acerca de que las cosas se hayan dado así. Hay dos partes que pueden hablar en primera persona acerca de la ejecución del Che: Rodríguez y los militares bolivianos. El agente de la cia dice que él dio la orden a Terán. Los bolivianos garantizan que la cadena de mando nunca salió de manos bo­livianas, pero igual na­die quiere decir: “yo ordené la ejecución de Che”.***Gary Prado, el general que hace 40 años, como capitán, comandó una embestida contra el grupo del Che, muestra el delicado equilibrio que buscan algunos cuando se habla de la muerte del Che. Un atentado fracasado en Río de Janeiro en 1968 y el disparo supuestamente accidental que le partió la columna en 1982, dejándolo prisionero de una silla de ruedas, son recordatorios concretos de que haber cazado al Che puede ocasionar problemas. Desde los años ochenta, cuando se tornó una personalidad de mediana importancia en la política nacional, ministro de la Planeamiento por breve tiempo, embajador en Londres y México, el pasado se tornó un mérito ambiguo. Le daba autoridad moral para presionar a los militares por la democratización en la década de los ochenta, pero lo expuso a la condición de blanco al final de los noventa, cuando el país empezó a inclinarse hacia la izquierda.En 1987, Prado publicó un extenso relato sobre la campaña en contra del Che, La guerrilla inmolada, libro considerado como lectura obligada por casi cualquier estudioso de Guevara. Cara a cara, tiene una manera quieta de contar historias, restringiéndose a los hechos esenciales, un tono que rehúye las bravatas militares. Parpadea mucho, como un niño tenso.Prado garantiza que no tuvo ninguna responsabilidad por la muerte, aun siendo el comandante de la operación que capturó al Che. Ni siquiera transmitió órdenes —porque, afirma, no las había—. “Si nos hubiesen dicho ‘sin prisioneros’, cada jefe de pelotón actuaría como le pareciera correcto. No nos dijeron eso. Por eso lo capturé y lo entregué a mis superiores. Nada tengo que ver con la ejecución”.La versión de Prado es que la orden llegó por la mañana, junto con el coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la división que cazaba al Che. Prado dice que ni siquiera estaba en La Higue­ra: hacía un rastrillaje en el área del combate del día anterior buscando gue­rrilleros.Pero el jefe de operaciones de Prado, Miguel Ayoroa, cuenta una versión distinta: Zenteno llegó a La Higuera, recibió la orden, pero no la repasó. Se fue con Ayoroa a supervisar la operación de Prado. Cuando los tres volvieron, el Che ya estaba muerto.En verdad, cuanto más se pregunta, más versiones se obtienen: lo que cuentan suboficiales y soldados —el único que pone cara a lo que dice es el entonces teniente coronel Raúl Espinoza Lora— es que la orden de matar llegó por la noche y Prado escogió al pelotón de Eduardo Huerta, donde estaba Terán, para la ejecución.Incluso en documentos secretos del Pentágono, cuyos funcionarios entrevistaron a muchos militares bolivianos acerca de esa operación, el sentido de caos es notable. En un documento de 28 de noviembre de 1967 hecho público treinta años después se lee: “Temprano en la mañana del nueve de octubre, la unidad recibió la orden de ejecutar a Guevara y los otros prisioneros. Antes, el coronel Santana [como el documento llama a Zenteno] había repartido órdenes expresas de que los mantuvieran vivos. Los oficiales involucrados no sabían el origen de la orden, pero sintieron que venía del alto rango. El capitán Prado dio la orden de ejecutar Guevara”.Al final, ¿cómo saber qué pasó? Zenteno murió en 1976. Huerta en 1970. Y Mario Terán Salazar no habla.***El hombre que mató al Che vive en el centro de Santa Cruz de la Sierra, en un pueblo cercano a Santa Cruz de la Sierra y también en Oruro, a 15 horas en coche de Santa Cruz de la Sierra. Administra tierras (en Oruro), es barman del Club de Oficiales (de Santa Cruz) y taxista. A veces usa una peluca.O ninguna de esas cosas.Los despistes y muros que Terán erigió en su entorno para mantenerse lejos de gente con preguntas son tantos que es posible recorrer el territorio boliviano buscándolo. Y durante dos años, eso es lo que pasó a mí. Meses de evasivas, mentiras y algunas hostilidades también, sin contar las historias de colegas periodistas que fueron expulsados de la casa por perros, mujeres y escobazos. Pero al fin de la pelea, resta un papelucho donde está la dirección que puede ser del verdugo del Che.La calle donde vive en Santa Cruz no está mal. Pocos coches. Vigilancia. Algunas casas mejores que otras. Frente al número 2395, un perro callejero grande, mezcla de pastor alemán, se calienta bajo el sol de la tarde. Está a los pies de un señor de unos setenta y pico de años, que abre con las uñas una mandarina. Tiene la cabeza canosa enfundada en una cachucha, viste sandalias, bermudas y una chamarra militar gastada que deja entrever su pecho desnudo.***El hombre saluda, desconfiado, a través de la reja. Dice ser un conocido de Terán.—¿Lo conoce del Ejército?—No, de otros trabajos.—¿Pero él vivió acá?—Que yo sepa no, ésta es la casa de mi familia.—¿Qué hace él hoy en día?—No sé, hace mucho que no sé de él.—¿Y las entrevistas?—Ah, dicen que ésas las cobra caro.—Pero nadie ha pagado hasta hoy, ¿no?—Pues sí, nadie pagó.—¿Y usted cómo se llama?—Pedro Salazar.—Con este apellido, ¿es hermano suyo por el lado materno?—No, es nada más una coincidencia.Pasamos media hora hablando sobre banalidades y la posibilidad de encontrar a Terán. Cuando la noche se acerca, un hombre corpulento, con algunas manchas de vitiligo, llega a la casa y se sienta con nosotros. Saluda al señor con un “buenas noches” corto, cruceño, y sonríe a cada mención del nombre de Terán. Parece ser una historia ya recorrida otras veces. Unas cuantas evasivas más y el viejo nos da el número de celular de su hijo, Hugo. Dice que va a tratar de encontrar a Terán, pero no promete nada.***Regreso a la casa de Pedro Salazar dos días después de la primera embestida. Tengo sospechas de que él es, en realidad, Mario Terán. Voy a su casa, no está. Le llamo al celular desde un locutorio cercano y me dice que está haciendo algunos encargos en el centro de Santa Cruz. En ese momento veo que viene llegando a la casa con su hijo en una camioneta. Decido arriesgarme. Camino a paso rápido hacia la camioneta. Terán se mete, el motor está prendido. Casi grito, pidiéndole dos minutos. Él cierra la puerta. Se ve contrariado. Su hijo parece a punto de bajarse y darme una golpiza. Terán le detiene el brazo y lo tranquiliza. Dice que entremos a la camioneta. Entonces el coche con vidrios polarizados empieza a dar vueltas por las calles desiertas. Intento romper el silencio, forzando una nueva presentación:—Pues intentemos nuevamente: yo soy Douglas...—Sí, hijo, efectivamente soy yo. Yo soy Mario Terán y yo maté al Che Guevara.La claridad de la frase es paralizante, aun después de toda la desconfianza.—Es inútil que me pregunte nada, porque no puedo ni quiero hablar.—¿No puede? ¿Teme por su seguridad?—Quiero estar en paz. Mi familia no quiere que hable. Yo no quiero hablar. Esa historia hay que olvidarla.—Terán, no hay cómo saber qué pasó el día de la ejecución si usted no habla.—A mí me da igual. Ese hombre ya está muerto desde hace 40 años y hace 40 años que tengo que convivir con eso. Sólo yo sé cómo es vivir con eso.A Terán le fastidia profundamente mi presencia. Parece especialmente con-trariado cuando ignoro sus negativas y le pregunto acerca de los rumores de que estaba borracho cuando ejecutó al Che y que sale a las calles de Santa Cruz con una peluca.—Yo no soy un vagabundo, ¿acaso no vio mi carro y mi casa? Incluso he viajado al extranjero, a España y a Washington.—¿A Washington?—Sí, a Virginia —dice él, arrepintiéndose tan pronto las palabras dejan su boca.El viejo respira pesado. Se voltea para mirarme firme.—Es mejor que desista, yo no puedo hablar.***Nunca podría decir que los encuentros con Mario Terán hayan sido amigables. Ninguno, sin embargo, terminó a escobazos. Siempre nos hemos despedido apretándonos la mano. Y desde la última vez que nos vimos, hace ya siete meses, la montaña de rumores aumentó.Aunque todos parecían creíbles, el único que realmente me seguía sorprendiendo fue el que él mismo dejó escapar durante nuestro último encuentro, cuando dijo que había ido a Virginia, estado vecino a Washington. El lugar reúne dos particularidades interesantes: tiene poquísimos atractivos turísticos y es donde se ubica, en la ciudad de Langley, la sede de la cia. Así que decidí regresar a preguntarle por este viaje.La calle no ha cambiado mucho en los últimos siete meses. El vigilante sigue dormido en la misma silla. Doy algunas palmadas, y un niño aparece. Pregunto por su abuelo. Él sale y vuelve con la abuela. Digo que ya me he entrevistado dos veces con Terán y, estando de pasaje por Santa Cruz, había pensado en verlo. Mientras vamos entrando, ella me explica que él no está. Nos sentamos, me ofrece un plato con mandarinas y pide a otro niño que vaya a buscarlo.Intento encontrar pistas de viajes en el ambiente. Nada, aparte de un enorme caparazón de tortuga, donde se lee “Recuerdo de la Amazonia”. Mientras pelo una mandarina, la mujer de Terán me estudia. También lo espera. Va a ir con él a Montero, ciudad vecina a Santa Cruz, por unas medicinas naturalistas para su diabetes. Como suele ser, en casa de los Terán no faltan asuntos para esquivar “el asunto”. Char-lamos sobre Evo Morales, la autonomía de Santa Cruz, el cambio del clima. Pregunto en tres ocasiones cómo va todo, dos veces cómo fueron los viajes. Nada.El nieto regresa. Dice que no encontró al abuelo. La señora me sugiere que hable más tarde y caminamos hacia la puerta. Dejo la casa con media mandarina en la mano, piel y semillas.Ya me alejaba de la calle cuando diviso a Terán acercándose por una calle transversal. Intento aparentar que estoy tranquilo y caminar despacio, pero no lo logro. Me presento una vez más. Terán suspira pesado mientras examina todas las esquinas con una rapidez de pájaro. Vuelvo a pedirle una entrevista.—No hijo, me vas a perdonar, pero ya te he dicho como mil veces que no puedo hablar.Ya no es tan incisivo. Parece harto de tener la vida secuestrada a lo largo de cuatro décadas por un argentino que escogió a su país para una revolución socialista y a quien mató siguiendo órdenes. Suspira de nuevo. Arriesgo una última pregunta:—¿Qué fue a hacer en Virginia?—Jardinería. Me fui a trabajar un poco de jardinero.Miro hacia el frente de su casa. Él sigue mi mirada. Hay apenas un culantrillo castigado por el sol, en un bote de plástico que un día fue blanco. Nos miramos, sonrío con alguna pena. Él me tiende la mano y dice que le puedo dejar la piel y las semillas de la mandarina, que él las tira. Le agradezco y me despido.

martes, 9 de junio de 2009

Verguenza Nacional

Sin pena ni gloria la seleccion nacional de futbol, una vez mas cayo derrotada en casa, ahora fueron los ecuatorianos; que se mostraron superiores a nuestra escuadra en todo el partido.

falto entrega, corazon, verguenza deportiva; la gente apoyaba ala bicolor dando su entrega y gritando a todo pulmón--PERU--PERU, contagiaron por un momento al loco Vargas apunte de coraje en ves de futbol, asi pudo encontrar un tiro libre que lo realizo espectacularmente llenando de felicidad a todos los peruanos, durando dicha alegria menos de 10 minutos, por una desatencion en la saga peruana, por el sector derecho lo aprovecho el Ecuador, para poner el 1 a 2. No se podia creer era lo mismo de siempre ilusión y después decepción, hemos perdido en casa cuelos importantes, ahora ya no importa estamos eliminados una ves mas de una cita mundialista; esta eliminatoria hacido un rotundo fracaso, para jugadores,entrenador, dirigentes,y la gente que sigue creyendo en esta selecion aun estando eliminados de sudafrica 2010.
Solo queda ir a Colombia con moral y verguenza deportiva, para sacar un digno resultado que nos ayude a salir del fondo de la tabla.

jueves, 23 de abril de 2009

Futbol peruano

Juan Aurich



El descentralizado del futbol peruano se puso de candela, es verdad recien cominza esto, y es muy largo el campeonato. Teniendo como lider al ciclon del norte "juan aurich".



Este fin de semana sera un encuentro dificil para al Juan Aurich que recibe al Cienciano del cuzco necesitado de puntos , y con su nuevo entrenador Trobiani .El cuadro del norte dirigido por el profesor Franco Navarro saldra con su mejor once al gramado sintetico del Elias aguirre dispuesto a que los tres puntos se queden en casa, y asi logrando mantener la punta del campeonato una fecha mas.